Arequipa desde su material más sagrado y visual: el sillar
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Del fuego de los volcanes a las fachadas de sus iglesias y casonas, el sillar se convirtió en el material que define la identidad y la arquitectura de la Ciudad Blanca.
Arequipa tiene en el sillar mucho más que un material de construcción. Esta roca volcánica es parte de la identidad de la ciudad y la razón por la que es conocida como la Ciudad Blanca. Sus muros, iglesias, casonas y calles forman un paisaje donde la arquitectura y el origen volcánico del territorio se encuentran.
El sillar se formó hace aproximadamente 1,65 millones de años, producto de erupciones volcánicas ocurridas antes de la formación de los actuales Misti y Chachani. Los flujos piroclásticos se enfrían y solidifican, dando origen a la ignimbrita que hoy se extrae de las canteras arequipeñas.
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Su uso en la región se remonta a épocas prehispánicas, con evidencias que datan del periodo Wari. Con la llegada de los españoles, el material comenzó a utilizarse ampliamente en templos, viviendas, puentes y otras construcciones. Su facilidad para ser tallado permitió desarrollar detalles ornamentales y grandes estructuras.
Uno de los mayores ejemplos de esta tradición es el centro histórico de Arequipa. La Catedral, la iglesia de la Compañía de Jesús, el monasterio de Santa Catalina y los complejos de San Francisco y Santo Domingo muestran cómo el sillar fue incorporado a diferentes estilos arquitectónicos a lo largo de los siglos.
La iglesia de la Compañía de Jesús destaca especialmente por su fachada, considerada una de las expresiones más representativas del barroco mestizo. Sus relieves combinan elementos de tradición europea con motivos vinculados al mundo andino, una característica que hace particular a la arquitectura arequipeña.
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El sillar también permitió a los constructores responder a una ciudad marcada por los terremotos. Sus gruesos muros, bóvedas y arcos fueron parte de una arquitectura adaptada a un territorio sísmico. Esta combinación entre conocimiento local, técnicas europeas y uso de materiales propios terminó definiendo el carácter de Arequipa.
Por su extraordinario valor histórico y arquitectónico, el Centro Histórico de Arequipa fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en el año 2000. Así, el sillar no solo permanece en sus edificios: también conserva la memoria de una ciudad construida entre volcanes y generaciones de artesanos que hicieron de la piedra una de sus principales expresiones culturales.